24 de mayo de 2026
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270 kilómetros en el Sáhara: el reto extremo de Carlos Gandiaga en la Marathon des Sables

Deportes

24 de mayo de 2026

El lagunero ha superado siete días en autosuficiencia en el desierto, marcados por el calor, la arena y los límites físicos y mentales

Abandonar la rutina, enfrentarse a lo desconocido y descubrir hasta dónde pueden llegar los propios límites. A todo ello se enfrentó el lagunero Carlos Gandiaga Calero, residente en Suiza, quien se propuso realizar uno de los retos más exigentes dentro del panorama deportivo: la Marathon des Sables, conocida como el “Dakar de los corredores”, una de las ultramaratones a pie más duras y prestigiosas del mundo.

En concreto, esta consiste en una prueba de ultradistancia que se lleva a cabo en el desierto del Sáhara, en Marruecos, y consiste en recorrer 270 kilómetros en seis etapas durante siete días, incluyendo una jornada de 100 kilómetros. “Cada corredor lleva todo lo necesario para sobrevivir durante la semana: comida, material para cocinar o saco de dormir… todo excepto el agua, que está racionada. Eso cambia completamente las reglas del juego”, explica Gandiaga, quien añade que «cada gramo cuenta, y si llevas de más te penaliza, pero también hacerlo por debajo de lo necesario».

La experiencia comenzó de forma espontánea, como nacen muchas grandes historias. “La idea surge con mi amigo Pablo, con una chispa de inocencia y muchas ganas de aventura. Queríamos salir de nuestra zona de confort, enfrentarnos a algo completamente nuevo y empujar nuestros límites», recuerda.

La decisión fue sencilla, pero el camino hasta la salida no tanto. La preparación fueron meses de entrenamiento tanto físico como mental, aunque él mismo reconoce que el desierto siempre tiene algo inesperado guardado. “He trabajado fuerza para soportar la mochila y acumulado mucho volumen de carrera en zonas de baja intensidad, unas 10–12 horas semanales. También entrené en calor extremo, pero hay factores imposibles de replicar: la arena, las tormentas, dormir apenas tres horas al día o el déficit calórico constante”.

La Marathon des Sables no solo es una carrera, sino una aventura real de supervivencia. Cada día comienza tras una noche sin apenas descanso, para volver a correr con dolor, bajo el calor y con la cabeza enfocada en resistir. Gandiaga explica que lo más importante llega al terminar el día: “Todo gira en torno a recuperarte: comer e hidratarte aunque no quieras, visitar la enfermería y recorrer el bivouac, si puedes caminar, buscando caras conocidas… aunque muchas desaparecen de un día para otro. Duermes lo que se puede y al día siguiente, vuelta a empezar”. Las horas de descanso se convierten en un nuevo reto, debido al viento que entra en las tiendas y lo cubre todo de arena, unido a los dolores físicos y el cansancio extremo.

Pero el entorno tampoco da tregua: “El desierto es hostil, extremo e impredecible. Te obliga a adaptarte constantemente. El desierto no se conquista: te tolera, si acaso”, aclara el lagunero, que añade que hay que tener en cuenta que el desierto no es solo u lugar, sino también un espejo en el que uno acaba enfrentándose a sí mismo.

En todos los desafíos hubo momentos límite, sobre todo durante la etapa de la reina, en la que Gandiaga por poco abandona: “En torno al kilómetro 80 de la etapa de 100 kilómetros estuve cerca de dejarlo. Mi cuerpo se rebeló, me dolía todo y llegaron las náuseas. Ahí fue donde realmente me enfrenté a mí mismo”. Sin embargo, aprendió que aunque el dolor no desaparece, se puede gestionar gracias a la fuerza mental. Logró continuar y alcanzar una de las metas más importantes de su vida. “Cruzar la meta de esa etapa fue emocionante. Venía de unas 30 horas de esfuerzo, con dudas de si lo conseguiría y cuando la crucé, salió todo: emoción, alivio y lágrimas”.

Más allá del esfuerzo físico, la experiencia no sería la misma sin las personas con las que ha compartido el camino y los recuerdos. “La vida en la jaima es increíble. Personas que apenas se conocen y que, en condiciones extremas, se convierten en compañeros de guerra y se ayudan constantemente: compartiendo comida, utensilios, apoyo y sonrisas”.

Tras completar el reto, la reflexión que obtiene Carlos de toda esta vivencia es clara: “Me ha confirmado algo muy claro: somos mucho más fuertes de lo que nos creemos. Me llevo un enorme agradecimiento a mi cuerpo por permitirme hacer estas pequeñas locuras, y un profundo respeto por la capacidad de la mente para imponerse cuando todo lo demás falla”.

Una experiencia tan dura como transformadora, que va más allá del ámbito deportivo, demostrando que los límites se los pone uno a sí mismo y que en realidad, están mucho más lejos de lo que imaginamos.

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