24 de septiembre de 2026
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‘El punto ciego’, por Javier Palomar

Javier Palomar

24 de septiembre de 2026

Recientemente, tras la victoria de España en el mundial, Arturo Pérez Reverte dejó un mensaje en twitter (X) señalando la violencia con la que se habían empleado los jugadores argentinos, y el mal perder que habían mostrado. De inmediato, toda la Argentina tuitera se le echó encima, obsequiándolo con una interminable retahíla de insultos de los que se acostumbra a usar por aquellas tierras. Resulta que aquello que pudo ver toda España y fue evidente para todo el mundo no existió en absoluto para la afición albiceleste. Antes al contrario, para los argentinos, sus futbolistas defendieron el honor y la gloria de la nación como auténticos héroes de la patria, sin que merezca ninguna tacha ni reprobación su comportamiento, y sí la más encendida alabanza. Y este caso viene a recordarme ese punto ciego que tienen nuestros vehículos, que no llegan a captar los retrovisores. Hay una parte de lo que ocurre alrededor de nuestro coche que no sabemos de su existencia, porque no sale en los espejos. Y eso que para nosotros no existe puede provocarnos una colisión, porque está ahí, a nuestro lado, a pesar de todo, desmintiendo a nuestros ojos.

Pero hay otro punto ciego que, aunque te bajes del coche, permanece, porque lo llevamos incorporado en nuestro cerebro. Y aquí podemos decir que la realidad desmiente a nuestra mente, aunque esto a nuestro cerebro le importa una higa.

El punto ciego del cerebro es una construcción de elaboración propia, hecho a la medida de cada usuario, levantado para proteger nuestros principios, valores y creencias. Y es tan grande que más que punto tenemos que hablar de una isla entera o una fortificación de potentes murallas. Lo que custodiamos dentro de esas murallas es como un templo sagrado y es inaccesible a cualquier ataque de la razón. Por ello, las cuestiones de fe, ya sea religiosa o ideológica, son impermeables a cualquier argumento o evidencia en contra. Nuestro punto ciego está ahí para protegernos. El retrovisor de nuestro entendimiento se vuelve incapaz de visualizar esas evidencias.

Cualquier miembro militante de una organización, secta, iglesia, partido o equipo futbolero, lleva equipado de serie un chaleco antibalas de altas prestaciones donde rebotan todos los proyectiles que la razón quiera lanzarle para doblegar sus creencias.

Leon Festinger explicó este fenómeno en términos de disonancia cognitiva, tal como él lo denominó. La mente no está preparada para soportar una disonancia entre los principios y los hechos. Necesita resolver esa discrepancia. Y lo hace negando la realidad, o reinterpretándola de manera “imaginativa”, porque los principios están arraigados en convicciones profundas y no se tocan. De esta manera, el individuo, bajo las circunstancias citadas, queda incapacitado para hacer un análisis objetivo de una realidad que ponga en peligro sus creencias.

Una fórmula genuina de resolver la disonancia cognitiva, cuando ésta es demasiado evidente, es el autoengaño. Nuestro cerebro nos protege así cuando la realidad contradice de modo palmario nuestros principios. Cuando un político afirma “Ser socialista es tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho” y posteriormente descubren una fortuna en su caja fuerte, sólo tiene una salida: mentir, y creerse su propia mentira. Y ahí podríamos escuchar las frases más peregrinas: “No escondí las joyas. Se metieron en la caja fuerte ellas solas”. “No tenía afán patrimonial, por eso no las declaré, y Hacienda ya me entiende”. “No cobré mordidas por gestiones ilícitas. Me pagaron por el rescate, porque yo lo valgo”.

El autoengaño es habitual y es fácil. Reichard Feynman, premio Nobel de Física, afirmaba en sus conferencias que la persona más fácil de engañar es uno mismo. Las mentiras más creíbles son aquellas que han sido digeridas y asumidas como verdades por el creador de las mismas. Es entonces cuando está en condiciones de propagarlas, porque habla con el convencimiento de quien dice la verdad con toda la honestidad. Quien puede mentir con naturalidad, como decía la canción de Serrat, está en condiciones óptimas de ejercer un liderazgo político capaz de seducir y arrastrar a las personas de bien.

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