6 de junio de 2026
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‘No se puede’, por Javier Palomar

Javier Palomar

31 de mayo de 2026

La constitución de Cádiz de 1812 proclamaba en su artículo 13 que el objeto del gobierno es la felicidad de la nación. Parece una quimera, pero hace no tanto estuvimos en un tris de alcanzar esa isla de la felicidad. Y cuando ya la tocábamos con las yemas de los dedos, el barco, que resultó llevar cuadernas de saldo, naufragó. El capitán que pilotaba la nave, emulando al del crucero Costa Concordia, dio la espantada, y el resto de los oficiales se pusieron a salvo en un esquife con “sólo” sus recién adquiridas prebendas y la pancarta. Resultó demasiada mar para tan endeble marinería. Y por no contar la cruda realidad y decirle al pueblo, a las claras, que aquella felicidad prometida no iba a ser para mañana, (vamos, que “no se puede”) y ser apaleados por mentir, decidieron que mejor, ya que estaban allí, se quedaban con las sobrevenidas sinecuras, y disimulaban con la pancarta desplegada.

Nada hubiera pasado de haber reconocido aquella filfa que se les fue de las manos. El pueblo está hecho a cualquier “no se puede” que le quieran echar. Son siglos de labor domando el espíritu rebelde del rebaño. Es la indefensión aprendida con la que llegamos equipados a la plaza pública. Y eso se cultiva día a día, igual que se cultiva la tierra, arando, sembrando, abonando y echando pesticidas. El proceso educativo garantiza ciudadanos obedientes; la publicidad contribuye idiotizando a la concurrencia, dejándonos a merced de la casta política que, con su cansina propaganda, hace de nosotros su merienda.

Sabemos que cualquier cambio de calado que se proponga no se puede llevar a cabo y además es imposible. Elegir entre Monarquía o República, no se puede, porque no. Elegir al presidente de gobierno directamente por la ciudadanía no se puede, porque lo prohíbe la sacrosanta constitución. Tener listas abiertas para poder elegir el mejor candidato, no se puede, por lo mismo. Convertir los programas electorales en contratos de obligado cumplimiento no se puede, como tampoco se puede revocar a un diputado que no defiende el programa para el que fue votado; porque esas cosas encorsetarían mucho el sistema. Que los partidos se paguen sus propias y abusivas campañas sin tirar de nuestros impuestos no se puede, porque eso sería obstruir el funcionamiento de la propia democracia. Reformar la constitución en sus cimientos, eso ya es sacrilegio. Diría un castizo que nos tienen cogidos por “salva sea la parte”, como el chiste del dentista. Y mansamente, aceptamos la retahíla de tantos “no se puede”, porque llevamos equipada la resignación “de serie”.

Tal vez, cuando la política deje de ser una profesión, y la casta profesional sea reemplazada por gentes preparadas y eficientes en sus trabajos, sin perversas ambiciones de poder, podamos dignificarla. Probablemente, haya que ir a buscarlas fuera del entorno de los partidos, como hizo el senado romano, buscando al que mejor podía gobernar Roma. Lo encontraron arando sus tierras, lejos de las intrigas del poder: Cincinato.

Etienne de la Boetie (siglo XVI) consideraba que el poder del tirano se disolvería como un azucarillo cuando la dócil población dejara de obedecer. García Trevijano venía a decir lo mismo cuando la tiranía está encarnada en el propio sistema. Para él, dejar de obedecer era dejar de votar para que las oligarquías de los partidos perdieran todo el poder libre de controles que ostentan. Resetear esta democracia y devolver al pueblo el control que le pertenece sería una buena forma de legitimar el sistema para que se acercara a una democracia digna de tal nombre, donde el pueblo decide directamente sobre los asuntos que le afectan. Si hubiéramos nacido italianos, habríamos votado en 72 referendos desde la Segunda Guerra Mundial. La ciudadanía en Italia ha ejercido el derecho de decidir en referéndum lo que quería sobre temas como la Monarquía, el aborto, las centrales nucleares, la cadena perpetua, la financiación de los partidos, el sistema de representación en las elecciones, las competencias del Parlamento y otros. Aquí, como no somos italianos, esos temas se resuelven con una encuesta del CIS. Tiempos hubo en estas tierras en que los estudiantes elegían los catedráticos de universidad. Hoy, sin embargo, con nuestro régimen de libertades, podemos elegir nuestro champú. Vamos camino de aquello que atribuyen a Tácito, aunque no lo dijo nunca: “Cuanto más nos acostumbramos a obedecer órdenes injustas, más nos olvidamos de que alguna vez fuimos libres”.