22 de julio de 2026
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‘…y así se crearon las naciones’, por Javier Palomar

Javier Palomar

22 de julio de 2026

En 1561, una expedición de conquista de unos 300 españoles se aventuró por el Amazonas en busca de El Dorado, una ciudad mítica donde los templos estaban repletos de ídolos de oro macizo y donde el metal dorado casi se despreciaba por abundante. En realidad, tal ciudad nunca existió, pero la ambición humana nubla el entendimiento y lleva al padecimiento de mil penalidades en persecución de un bien que a menudo es una quimera. La expedición tuvo que sufrir lo que no está en los escritos: las termitas se comían literalmente las embarcaciones; sufrieron ataques de indios caníbales; las pirañas acechaban; la falta de comida les obligaba a matar sus propios caballos… pero todo era soportable en aras del logro de una fortuna que parecía una ensoñación. Aunque no todos se movían por la misma ambición. No al menos uno de ellos: Lope de Aguirre. Éste era sólo un soldado más de la expedición pero, a la postre, terminó haciéndose con el mando de la tropa. Lope de Aguirre, participante en unas cuantas expediciones de conquista anteriores, sentía que no le habían reconocido sus méritos ni sus sacrificios, mientras veía como otros medraban con cargos y condecoraciones. Era un resentido, tal vez con no poca razón. Y encontró en esta aventura la ocasión para desquitarse y tomar de su mano lo que el rey no le había querido conceder de buena ley. Buscando alianzas entre compañeros de aventura, consiguió organizar una rebelión y asesinar al capitán de la expedición, primero, y después al nuevo jefe que lo sustituyó. Rodeado de un grupo de incondicionales, tomó el mando y se proclamó nuevo capitán, independiente y libre de las órdenes del virrey del Perú y, por elevación, del rey de España. Y para que no hubiera fisuras de obediencia entre sus subordinados, estableció un clima de terror en el grupo, asesinando, o mandando asesinar a todo aquel que le parecía sospechoso de traición. Así, directamente o por su orden, fue liquidando, uno a uno, a más de 60 expedicionarios, proclamando su pretensión de crear un territorio independiente bajo su mando, desligado de la obediencia del rey de España. Finalmente, los rebeldes fueron derrotados al alcanzar las tierras de Venezuela. Lope de Aguirre fue decapitado y descuartizado, exponiéndose en cuartos en la plaza de Barquisimeto, siendo comido por las aves carroñeras.

Si Lope de Aguirre hubiera triunfado, hoy sus tierras serían una nación tan legítima como cualquier otra. El tiempo cauteriza cualquier brecha de ignominia y legitima cualquier acto, por aberrante, cruel o inmoral que haya sido. Incluso, puede ser tomado como heroica gesta fundacional de una nación. Y para ello saldrán a la palestra bardos domésticos, o domesticados, declamando cantos panegíricos, convirtiendo el acto bárbaro en epopeya gloriosa; y los historiadores a sueldo harán pedagogía, ensalzando los encomiables sacrificios de esos padres fundadores de la patria. Y así es como se crearon las naciones. Siempre con actos de crueldad que garantizan la obediencia de los súbditos, única manera de perpetuarse en el poder. Erradicando la deslealtad, que es un virus que arruina las más elevadas ambiciones. Viriato no lo tuvo en cuenta, y lo liquidaron sus más fieles edecanes mientras dormía. Al contrario, Ramiro II de Aragón, optó por decapitar a un puñado de sus nobles más principales, fórmula expeditiva que siempre garantiza la obediencia de los descontentos. Y es que sólo esos métodos resolutivos aseguraron la conquista del poder en otros tiempos. Así, sabemos que muchos reyes godos alcanzaban el trono por vía ejecutiva, asesinando al monarca en ejercicio. Ataulfo, Sigerico, Turismundo, Sisebuto, Wamba… y así hasta 12 reyes godos cayeron víctimas de sus sucesores.

La toma del poder no conoció en otro tiempo de escrúpulos morales. Ni siquiera los vínculos de sangre eran obstáculo cuando estaba en juego ese botín. Enrique II de Castilla no encontró otro camino para ceñirse la corona que pasar a cuchillo al anterior rey, su hermanastro, Pedro I. E Isabel la Católica no dudó de declarar una guerra contra su sobrina, Juana la Beltraneja, para lo mismo. El propio Carlos María Isidro de Borbón intentó idéntico recurso con las guerras carlistas contra su sobrina, Isabel II.

En los orígenes de cualquier nación siempre está la guerra o el magnicidio. Siempre la irrupción de un líder codicioso que se hace respetar con violencia sometiendo a quienes pretenden el mismo trofeo. Hoy no es distinto; sólo ha cambiado el método. Con la apariencia de un civilizado combate de esgrima entre caballeros, se busca la aniquilación del adversario, su muerte. Bien es cierto que ahora basta con la muerte civil. Combate incruento, pero igual de efectivo. Para eso se crearon las cloacas.

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