20 de enero de 2026
Buscar

‘Inflación democrática’, por Javier Palomar

Javier Palomar

19 de enero de 2026

Cuando el Frente Popular de Judea (en “La vida de Brian”) recibió la noticia de que su militante, Brian, iba a ser crucificado por los romanos de manera inminente, decidieron que había llegado el momento de pasar a la acción. Por ello, y dado lo perentorio del caso, acordaron que lo apremiante era celebrar una reunión, eso sí, urgente, para estudiar la situación. Mientras Brian era colgado en la cruz, el Frente Popular de Judea seguía reunido analizando el caso concienzudamente. Finalmente, una comisión del partido, con el hecho ya consumado, se presentó a los pies de la cruz y leyó ante Brian un comunicado de agradecimiento por los servicios prestados.

Lamentablemente, las prácticas de nuestro hispano Frente Popular de Judea como las de su duro rival, el Frente Judaico Popular, difieren poco de las del partido de Brian. Pasar a la acción es entendido como crear una maraña de comisiones donde los problemas quedan atrapados como la mosca en la tela de araña.

Considérese al respecto de ese “pasar a la acción” el reciente ejemplo de la DANA de Valencia. En los peores momentos de la tragedia, el presidente valenciano alargaba irresponsablemente una dilatada sobremesa de varias horas en un restaurante, y el partido del gobierno central se reunía con sus socios en el Congreso para repartirse el Consejo de Administración de la televisión pública Rtve., que era lo urgente para ellos. Un año después, con infinidad de reuniones o comisiones de por medio, el Barranco del Poyo sigue sin proyecto.

Ante cada problema nuevo, o viejo, se repite la misma cantinela: “vamos a crear una comisión para estudiarlo”. La creación de comisiones es la “patada hacia adelante” a los asuntos que ya explicó Napoleón: “Si quieres demorar algo eternamente, crea una comisión”. Y con estas, hemos llegado a la situación actual, cuando nos vemos ante un tupido bosque de comisiones en el escenario político que apenas nos deja vislumbrar la luz de la realidad. El Congreso de los Diputados es el paraíso de las comisiones, aquejado de una inflación galopante. En el primer mandato de Felipe González se crearon 26 comisiones. En la actual legislatura hay registradas 49 comisiones parlamentarias, según datos oficiales del Congreso, más otras 43 en el Senado. Quedan incluidas en esta formidable cosecha las comisiones extraordinarias de linchamiento, acoso y derribo del adversario, bajo el falso epígrafe de “comisiones de investigación”, que se crean periódicamente para darse cera entre rivales; eso sí, con derecho a generoso sobresueldo. Cunde la sospecha de que nos quedamos sin problemas suficientes para adjudicar a tanta comisión. Y habiendo tantas, gozan, sin embargo, de un confortable anonimato. Ningún español que no viva de ello conoce el nombre de ni una sola de esas comisiones. Si para el ciudadano de a pie es difícil percibir la utilidad de esta proliferación, no lo es en absoluto para el dilecto diputado, que percibe un enjundioso estipendio gracias a su existencia.

A la inflación de comisiones sobreviene la de cargos. Cada comisión goza de un presidente, dos vicepresidentes, dos secretarios, ocho portavoces (algunas, bastantes más), más otros tantos portavoces adjuntos. Sin echar muchas cuentas, el efecto estético es que hay casi más jefes que indios. Si cada cargo conlleva un extra de remuneración, como es el caso, se puede llegar a la conclusión de que ningún diputado se queda sin su plus monetario. Y más parece que es la necesidad de sobresueldos para todos la que genera la creación de comisiones que al contrario. Porque hablamos de 92 presidentes, 184 vicepresidentes, 184 secretarios, más unos 736 portavoces. Si estuviéramos hablando de inflación, parece que es aquí donde se encuentra la fábrica. Hay comisiones que redoblan incluso, si fuera posible, ese entusiasmo por el cargo. La Comisión de Transición Ecológica y Reto Demográfico tiene asignadas 19 portavocías, más otros 9 portavoces adjuntos. Debe tratarse, sin duda, de un reto inabarcable para el que todas las mentes disponibles parecen pocas.

Pero, aunque esta efervescencia inflacionaria pueda sentar muy bien a los representantes del pueblo, no se puede afirmar lo mismo de la inerme democracia, que sufre con esto un patológico recrecimiento adiposo. Sí, esto es la grasa de la democracia, en peligro de padecer obesidad mórbida. Parece urgente una liposucción, mientras nos mantenemos a la espera de un cambio que desmienta la creencia popular de que los políticos generan soluciones ficticias para resolver problemas inexistentes. El CIS ya ha detectado un cierto malestar en la gente: estos políticos no resuelven problemas; ellos son el problema.

Tal vez, la Inteligencia Artificial les venga algún día a visitar y les comunique su cese por ineficientes. Circula por ahí la noticia de que el jefe de gobierno de Albania acaba de nombrar ministra de contratación pública a Diella, una robot de IA. ¡Alarma roja! La floreciente cosecha de comisiones se nos puede venir abajo.