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Silencio, hambre y doce horas de oración: así era el día a día de San Pedro Regalado en Laguna

Retrospectiva

12 de mayo de 2020

Con motivo de la festividad, recordamos la sacrificada vida de los franciscanos del Abrojo, quienes se autoimponían duras penitencias y se volcaban con los más necesitados.

Con resignación, Laguna de Duero deja pasar el 13 de mayo sin posibilidad de celebrar, en sus calles, la festividad de San Pedro Regalado. El Covid-19 impide esta vez la música en nuestras calles, los pinchos en nuestros bares y los multitudinarios encierros y capeas, eventos encuadrados en una programación con gran peso, que sirve para honrar la vida y obra del fraile franciscano que pasó gran parte de su vida en nuestro municipio.

Apenas algunos aislados ciclistas, corredores y andarines recorrerán este miércoles, en su hora diaria de salida, el lugar, junto al Bosque Real, donde se halla la fuente del Abrojo. Allí aún se pueden observar los restos de lo que fue en su día uno de los monasterios franciscanos más notorios de su época. Pero, ¿Quién fue realmente San Pedro Regalado y qué le atrajo a la aldea de Laguna allá por el siglo XV?

Discípulo del reformista Pedro de Villacreces

Nacido en la calle de la Platería de la capital vallisoletana –hijo de Pedro Regalado y María de la Costanilla, un matrimonio de judeoconversos- Pedro entró al convento de San Francisco en el año 1403. Con apenas 15 años, ya acompañaba en sus viajes a Fray Pedro de Villacreces, franciscano que lideró una reforma religiosa que fomentaba el amor a la pobreza, con un notable incremento de la austeridad y las penitencias.

Con estos principios, los villacrecianos fundaron varios monasterios, entre ellos el del Abrojo, en Laguna de Duero, establecido en 1415, cuyo nombre proviene de las plantas que habitaban este peculiar enclave junto al Río Duero.

Una vida austera en confinamiento

Los monjes villacrecianos abogaban por una existencia austera y penitente. Sentían aversión al dinero y amor a los pobres, considerando la limosna como una entrega obligatoria, y no una donación graciosa.

El confinamiento no habría sido nada nuevo para estos frailes, cuyo día a día estaba marcado por la reclusión y el retiro. Entre ellos se establecía un silencio obligatorio bajo castigo de mordaza. Apenas comían –la carne se reservaba únicamente para los enfermos- y rezaban durante doce o trece horas al día. Las condiciones de vida eran durísimas: además, vestían sayal basto, propio de gente humilde, desempeñaban un arduo trabajo diario y apenas descansaban en camas sin colchón ubicadas en celdas oscuras.

La leyenda crece en forma de devoción por sus milagros

Entre tantos pesares los frailes se fueron ganando el favor de los laguneros, que sustentaban el convento con donaciones de alimentos y limosnas. De hecho cada año tenía lugar una procesión con estandartes como muestra de devoción. Sin embargo fueron los rumores sobre Pedro el de la Costanilla lo que hizo crecer la fama del eremitorio por toda la corte. Sus milagros fueron sonados en pueblos y comarcas, al tiempo que se contaba que, por las noches, entre profundos éxtasis, se dejaba ver junto al fraile una columna de luz dorada por la que descendía el fundador de la orden, San Francisco de Asís. De ahí el apelativo del convento Scala Coeli (escalera del cielo).

Entre los muchos milagros que se le atribuyen a San Pedro Regalado, cuentan que en ocasiones se le vio, al mismo tiempo, en el convento del Abrojo y el eremitorio de la Aguilera, también de los franciscanos, que se encontraba a 14 leguas de distancia –a 80 kilómetros, cerca de Aranda de Duero-. Este fue su milagro de bilocación. Además, se dice que era capaz de navegar, sobre su capa, por las aguas del Duero, o de hacer aparecer objetos en lugares inesperados.

Patrón de los toreros

Sin embargo, el milagro más representativo, quizás, fue el que le haría convertirse, siglos más tarde, en patrón de los toreros. La historia cuenta que, cuando caminaba desde Laguna hacia Valladolid, logró someter a un astado que se había escapado de una corrida en la plaza de la capital. Según el relato, se acercó al morlaco, y tras clamar al cielo, sometió al animal, bendiciéndole y ordenándole partir sin hacer daño a nadie. Esta historia ha derivado en una tradición según la cual muchos toreros acuden al Monasterio de La Aguilera para bendecir sus capotes.

Atracción y culto de poderosos monarcas

El convento puso a Laguna en el mapa de las cortes medievales y potenció durante siglos el crecimiento de la aldea. Además, la historia que envolvía a San Pedro Regalado y a este lugar dio buenos frutos y llamó la atención de los monarcas. Primeramente fue Juan II quien se volcó con el lugar, otorgando unos privilegios a la aldea lagunera que ayudaron a sobrellevar la precaria situación de sus gentes. Fue Isabel la Católica quien mandaría construir una casa real donde descansar junto al convento. Posteriormente Felipe II halló en el lugar un sitio de caza abundante en liebres, perdices y conejos. Fue él quien mandó cercar el Bosque Real para encerrar a sus presas -así se las ponían a Felipe II-.

La predilección de los monarcas se siguió sucediendo hasta el siglo XVIII, mientras que por devoción las personalidades más imponentes de Laguna ofrecían fortunas al eremitorio para ser enterrados en sus límites. En 1624 un incendio acabó con el convento y el palacete real. Gracias a la mano de Felipe IV se reconstruyó, aunque no volvió a recobrar su esplendor previo.

La canonización, preludio de una fiesta que dura hasta nuestros días

En 1746, Valladolid vivió las mayores fiestas de su historia, las cuales duraron 17 días, para celebrar la canonización de San Pedro Regalado, el primer santo vallisoletano y patrón de la ciudad. La historia, no obstante, no fue benevolente con los restos del convento, maltratado por una fuerte riada en 1788 y con sus terrenos finalmente vendidos tras las desamortizaciones. Las pocas reliquias del santo que vivió en Laguna serían desplazadas a otros lugares, perdiéndose la posibilidad de mantener un lugar de peregrinación.

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