5 de marzo de 2024
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‘La familia bien, gracias’, por Javier Palomar

Javier Palomar

17 de enero de 2023

Fue el papa Benedicto VIII, hace mil años, el primero del que se tiene noticia vaticana que puso en práctica la lucrativa práctica del nepotismo; es decir, la costumbre de colocar a familiares en puestos de alta jerarquía y mejor retribución, aprovechando el inmenso poder que otros le habían otorgado. Así, dos primos y un hermano fueron elevados a las altas instancias del cardenalato con el exclusivo mérito de su vinculación familiar con el mandamás espiritual de la cristiandad. La operación resultó muy fructífera, pues consiguió que, tras su muerte, dos de ellos terminaran alcanzando la tiara papal; primero el hermano, como Juan XIX, y posteriormente, uno de los primos, como Benedicto IX. Como eran laicos, tuvieron que sobornar y pagar respetables cantidades de dinero para recibir las órdenes sagradas a fin de cumplir los requisitos para acceder al papado. Juan XIX fue el más rápido; lo hizo todo de una tacada y en un solo día; así consiguió reunir este pontífice en su persona dos preciadas preseas: el nepotismo y la simonía (ejercicio de la compra-venta de bienes espirituales).

Vistos los buenos resultados, la costumbre arraigó, convirtiéndose el nombramiento de cardenales dentro de la propia familia del papa vigente, principalmente sobrinos, en una institución consuetudinaria. Se les conocía como cardenales nepote. Algunos papas mostraron su incontinencia en esta práctica. Así, Clemente VI, en un ataque de nepotismo compulsivo, nombró cardenales a seis familiares de una vez. Entre el siglo XV y el XVI, la historia vaticana entra en un bucle de malas prácticas. Una especie de festival del nepotismo. Doce papas en un intervalo de cien años presentan vínculos familiares entre ellos, la mayoría de tío-sobrino. Desde luego, los Borgia se encontraban entre ese selecto grupo; y también Sixto IV, quien benefició a 25 familiares con cargos bien remunerados, además de cinco sobrinos cardenales. La concesión de un cardenalato llevaba inherentes una serie de derechos pecuniarios muy enjundiosos. El cardenal nepote Alejandro Farnesio acumuló hasta 64 beneficios de manera simultánea. Y Ludovico Ludovisi, otro cardenal nepote, además de obispados, reunió en su poder 23 abadías, con sus correspondientes ingresos.

Así pues, y dada la trayectoria vaticana con el nepotismo, no era necesaria ninguna justificación moral para que los poderes terrenales hicieran lo mismo que la autoridad espiritual ejercía con desahogo. Por eso se vería con total normalidad que Napoleón, después de dar un golpe de estado y acabar con la república francesa, repartiera prebendas entre sus hermanos. A José le concedió el reino de España; a Luis el reino de Holanda; a Jerónimo el reino de Westfalia y a su hermana Elisa el principado de Lucca. Nadie se escandalizó por ello.

El nepotismo ha sido practicado por nuestros gobernantes desde siempre. Algunos tiranos de la antigua Grecia, como Pisístrato, ya se aplicaban con entusiasmo a este ejercicio. Es natural; está en la condición humana; incluso en la de los malos. Se lo hemos oído decir a Al Pacino (El Padrino): “Toda mi vida he luchado por proteger a mi familia”. Sin embargo, olvidamos pronto; y se vuelven a repetir los mismos vicios, lo cual es aprovechado por los gobernantes. “La política es el camino para que los hombres sin principios puedan gobernar a los hombres sin memoria” (Voltaire). Por eso, hoy lo seguimos padeciendo con impotencia. Los ejemplos son abundantes: un gobierno cubano repartido entre los dos hermanos Castro; Daniel Ortega nombrando a su mujer vicepresidenta de Nicaragua; la saga de los Kirchner controlando el destino de Argentina; Obiang, en Guinea Ecuatorial, poniendo a sus hijos en el consejo de ministros… Son sólo algunas muestras del amor que los gobernantes profesan a sus familiares. Por ello, no debería suponer ninguna sorpresa que en España haya habido, y todavía hay, mujeres de presidentes y vicepresidente de gobierno que han sido alcaldesa de Madrid, o son directora de cátedra de la Complutense o ministra. No les vamos a reprochar su querencia por la familia; pero, por favor, no dispongan del dinero de nuestros impuestos para mostrar el cariño a sus seres queridos y amistades. Y aunque el nombramiento de familiares está un tanto refrenado por su visibilidad, el de los amigos/compañeros de partido es el auténtico iceberg que flota bajo las aguas fuera del alcance de nuestros ojos. Y es que “la amistad vale más que el gobierno; la amistad vale casi tanto como la familia” (El Padrino/Mario Puzo). En definitiva, lo que está en juego es la suplantación de la meritocracia por el nepotismo, colocando a personas en puestos para los que no necesitan acreditar méritos porque prevalece su vinculación con los que toman las decisiones. El hecho de que no haya atisbo de poner coto a esas prácticas indica que nuestros gobernantes tienen más poder del que merecen y el pueblo mucho menos del que nos cuentan.

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