31 de marzo de 2026
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‘Dos burros atados con una cuerda’, por Javier Palomar

Javier Palomar

31 de marzo de 2026

Las catástrofes y tragedias ocurridas en los últimos tiempos han puesto de manifiesto la contradicción entre el comportamiento del pueblo, uniéndose y volcándose en la ayuda a las víctimas, y la actitud de los dirigentes políticos, peleándose a codazos por hacerse con el control de los mandos. Esta realidad pone en evidencia la lógica perversa del sistema que nos hemos dado. Un sistema en el que el triunfo de uno exige el fracaso del otro. No hay éxito propio sin fracaso ajeno. Y esta perversión nos lleva a que los unos alienten, agranden e incluso inventen el fracaso de los otros para conseguir el “quítate tú que me pongo yo”. Y este modelo viciado que parece salirles rentable a nuestros “servidores públicos”, no le sale a cuenta al pueblo, que queda señalado como claro perdedor, pagando los platos rotos de las refriegas políticas.

Desde luego, tal sistema no puede cuajar sin la colaboración, aunque sea involuntaria, de la ciudadanía. Para ello, los aparatos de los partidos se encargan de crear un falso medio ambiente que nos divide a todos entre buenos y malos. Y lo siguiente es alentar a las gentes de bien a posicionarse para luchar y combatir a los malos. Este esquema justificará después esa pelea a codazos para hacerse con el volante y así frenar las desgracias que engendra el mal, que siempre encarnan los otros. Y alcanzado el poder, es de justicia desmontar toda la obra que ha hecho el mal en el gobierno. Así, tenemos, por ejemplo, nueve leyes de Educación distintas desde la UCD, ninguna por consenso.

Hubo un tiempo en el que los partidos grandes pactaban bajo un sistema de alternancia en el poder. Conservadores y progresistas se reconocían como legítimos aspirantes al gobierno y se turnaban. Fue el turnismo de Cánovas y Sagasta a finales del XIX. Estos, al menos, no se peleaban. Ni se jugaba con la propaganda de buenos y malos. Lo cierto es que los dos eran los malos, porque el sistema venía engrasado con un permanente fraude electoral por el cual cada uno ganaba cuando le tocaba.

Pero, volviendo al modelo perverso, es de señalar cómo pasa tan desapercibido el contraste democrático entre el poder ejecutivo y los otros dos poderes. El poder judicial tiene representados en sus órganos de gobierno a jueces de todas las tendencias, que adoptan sus resoluciones con los votos de todos ellos. El poder legislativo, por su parte, aprueba las leyes con los votos de todos los partidos, el 100% de los representantes políticos. Sus innumerables comisiones parlamentarias están participadas por todos los partidos en la proporción que les corresponde. Pero el poder ejecutivo tiene otra lógica. El que coge el volante, se queda con todo. El presidente actual, con una representación del 31%, puede nombrar los ministros que le dé la gana. Al partido ganador, con el 33%, sólo le queda ir corriendo detrás del coche esperando que pinche o gripe el motor.

Para quienes piensan que cualquier otra fórmula distinta a ésta es inviable, pongo a su consideración dos casos. En Estados Unidos, el nombramiento de ministros debe ser supervisado y aceptado por el Senado, previo análisis de sus antecedentes por una comisión, y tras ser votados por mayoría absoluta. Y respecto a la cuestión de si “los buenos” y “los malos”, pueden reconocerse entre ellos como legítimos aspirantes al gobierno y compartir el poder en los términos proporcionales que les ha concedido el pueblo, dejo aquí el caso de Alemania, donde gobiernan la derecha y la izquierda juntas, repartiéndose los ministerios.

Pero hoy, y aquí, la sensación es la de estar ante dos burros atados con una cuerda. Los dos tiran en direcciones contrapuestas intentando alcanzar cada uno su montón de pienso, que se encuentran en lados opuestos. La cuerda es corta y ninguno consigue alcanzar su comida, hasta que uno de los burros, tirando con más fuerza, consigue alcanzar su montón, privando al otro del acceso al suyo. Mientras un burro come, el otro pasa hambre; hasta que la propia desesperación le lleva a un esfuerzo más intenso, alcanzando su pienso, a costa de arrastrar al que estaba comiendo, que ahora se ve alejado y privado de su alimento. Dada su condición, los burros no pueden caer en la cuenta de que podrían comer juntos en un montón y después en el otro, sin tiranteces. Pero los burros son muy burros, y no están dispuestos a que nadie coma de su montón.

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