15 de junio de 2024
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Las aceñas de Laguna, los inventos medievales que permitían producir pan de la mejor calidad

Retrospectiva

30 de mayo de 2021

Laguna contó, durante siglos, con dos molinos de rueda sobre el Duero bajo propiedad señorial, los cuales se servían de la fuerza hidráulica para la molienda del trigo

Laguna, al igual que el resto de pueblos castellanos ribereños del Duero, contó, desde la Edad Media, con sus propias aceñas. Estos ingenios facilitaron la molienda de grano para la producción de un pan que destacó, por su calidad, a lo largo y ancho del reino. Arraigadas a lo largo del cauce del Duero, las aceñas –cuyo nombre proviene del árabe as-saniya, ‘la que eleva’- no son sino molinos harineros que utilizan la fuerza del cauce del río para obtener energía a través de una rueda hidráulica. En su origen, significaron un gran avance tecnológico en una época en la que solo existían molinos basados en la fuerza animal y humana.

En efecto, fueron los musulmanes, durante su presencia en la península, quienes difundieron la rueda de eje horizontal o vitruviana como medio de aprovechamiento del agua. Ello, sumado a la fuerza de la corriente del Duero, permitió la instalación de dos de estos inventos a escasos kilómetros de la aldea lagunera. Las aceñas eran completas construcciones que se emplazaban dentro del agua y a la orilla del río. De esta manera, utilizando la misma tecnología que los molinos, permitían un rendimiento mucho mayor, aprovechando una fuerza gratuita, por lo que se erigieron en verdaderas instalaciones preindustriales de transformación de cereal en harina.

La construcción de las aceñas conllevaba un elevado coste de edificación, puesto que no era nada sencillo construir en pleno cauce del río. Eran los constructores de las catedrales y los puentes de la época quienes ingeniaban estas pequeñas ‘fábricas’ de harina, edificadas gracias a robustos cubos de piedra. El agua pasaba hasta el molino a través de un canal artificial, llamado ‘cacera’ o ‘chorro’, golpeando el rodezno –la rueda hidráulica-, que estaba situada debajo del piso del edificio, y hacía girar una muela (piedra volandera) que giraba sobre otra gran piedra (molandera).

Dentro de este sencillo edificio se situaba la sala de molienda, donde se trabajaba triturando el grano. Este se dosificaba gracias a un ingenioso sistema denominado ‘triqui-traque’, que utilizaba el movimiento del eje mediante una rueda dentada. El edificio también contaba con un paso de piedra que conectaba la orilla con el conjunto, permitiendo la entrada y salida de mercancías.

Su utilización requería ciertos gastos de reparación y limpieza de sus transmisiones, ejes y aspas. Para su funcionamiento se precisaba de una maquinaria compleja, con un número fijo de operarios. La figura del artesano molinero derivó, con los años, en un cuerpo de trabajadores, entre quienes figuraba el maquilero, el aprendiz o el oficial, amén del ‘maestro de aceña’. El edificio requería un mantenimiento constante, al encontrarse a merced de las crecidas. Todos estos gastos, inasumibles por entonces por las gentes llanas, derivaron en que fueran los clérigos, señores o nobles los propietarios y gestores de las aceñas, en las que había que pagar cierto tributo –en forma de grano, y bajo el nombre de ‘maquila’, para su utilización-.

En el caso de Laguna, coexistían dos aceñas. La primera, situada casi cuatro kilómetros al sur del municipio, era la más importante, y pertenecía al mayorazgo de la familia Castilla. Tal y como se recoge en los archivos de 1708 recopilados por Javier Palomar, esta contaba con dos muelas para la molienda, y todavía en el siglo XVIII servía a los labradores y panaderos de Laguna y Boecillo. En concreto, a mediados del siglo XVIII figura como propietario de la misma Juan Antonio Fontes, vecino de Murcia, quien la tenía por entonces arrendada por una renta de 160 fanegas de trigo anuales. Junto a la aceña, el señor Fontes disponía de una tierra y una casa en la que habitaba el molinero.

La segunda aceña de la que se tiene constancia en Laguna es la del Coto de Castillejo –a 3,5 km al sur del casco urbano- la cual pertenecía a la familia Herrera. Se sabe que estuvo arrendada a mediados del siglo XVI a la familia de los Santiagos, vecinos de Laguna. Sin embargo, este molino ya no figura en funcionamiento en el siglo XVIII. La ausencia de referencias hace deducir su desmantelamiento y su desaparición definitiva en una época más temprana.

A partir del año 1750, el aumento del precio del trigo, entre otros factores, favoreció que estos molinos harineros fueran desapareciendo paulatinamente. A día de hoy, y a diferencia de otras zonas, no quedan restos visibles de las dos Aceñas laguneras. ¿Qué ocurrió con estas edificaciones harineras? Todo apunta a que, tras el desuso y el declive, las crecidas del Duero no dejaron en pie vestigio alguno. Por su parte, Javier Palomar plantea la hipótesis de que parte de los restos de piedra que en su día formaron parte de la aceña principal podrían haber sido utilizados para la edificación del actual Ayuntamiento, la cual se llevó a cabo en 1789. Pese a que estamos hablando de construcciones ciertamente arcaicas, hay que destacar que en algunos puntos de Castilla algunas de estas aceñas de origen medieval estuvieron siendo utilizadas hasta hace 50 años.

Tal y como recoge Palomar en ‘El Cronicón de Laguna’, una de las pruebas de que el producto de las aceñas laguneras era de la mejor calidad es que, ya en 1579, los alcaldes del alfoz vallisoletano subrayaron la excelencia del pan de esta tierra. A través de una declaración laudatoria, el regidor lagunero, junto al de Villanubla, Ciguñuela o Wamba, afirmaron atesorar “un pan de lo mejor de España”. Por entonces, después de moler el grano en las aceñas, los panaderos laguneros preparaban cada tres o cuatro días las piezas en sus pequeños hornos. Después, cargaban el género en sus borricos para venderlos, cada mañana, en la capital vallisoletana, junto con más de 500 panaderos de toda la provincia, que abastecían a la ciudad. Pese a los costes de producción y las constantes sequías que amenazaban su subsistencia, familias enteras de jornaleros y panaderos salieron adelante, en Laguna, gracias a este producto tan básico y elemental.

En la imagen inferior, interior de las Aceñas de Olivares, situadas en la provincia de Zamora y cuyos orígenes también se remontan al medievo, en concreto al siglo XI.

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